El tercer día de viaje amaneció despejado, pero desde el primer momento se notaba algo raro en el ambiente. No era solo el calor que aumentaba a medida que dejaban atrás las colinas del norte. Había una tensión extraña, como si el aire cargado de polvo escondiera un mensaje que nadie lograba descifrar. El paisaje había cambiado: las montañas verdes quedaron atrás y ahora se extendían kilómetros de llanuras áridas, interrumpidas por formaciones rocosas rojizas y arbustos secos. Lyra observaba po