El grito de la loba blanca resonó como un latigazo. El hielo vibró, las estacas crecieron, las cadenas temblaron con un sonido metálico que parecía anunciar un derrumbe inminente.
Selene respiró hondo.
La Gris dio un paso adelante.
Sus ojos de doble tono —gris hielo con ese aro verde que la distinguía— se fijaron en la loba encadenada. Los párpados le temblaron, como si ver a la otra muchacha en ese estado fuera como mirarse en un espejo deformado por el dolor.
—Déjenme intentarlo —susurró, ava