La lluvia fina seguía cayendo cuando Lyra volvió al SUV. Aunque el aire fresco alentaba la piel, la tensión en el ambiente no disminuía. La naturaleza entera había cambiado su ritmo, sus latidos y su respiración. Estaban a minutos, quizá menos, del despertar de la segunda hija de los dioses.
Kariane estaba en el asiento trasero, aún envuelta en una manta térmica. Su cabello rojizo seguía húmedo a pesar del calor interior del vehículo, y sus ojos encendidos —mitad fuego, mitad inocencia— la mira