La cueva donde habían encontrado a Selene todavía respiraba frío cuando Lyra abrió los ojos. El eco del poder de la loba gris seguía pegado a las paredes como una escarcha invisible, pero la temperatura había bajado de “cuchillo en la piel” a “invierno soportable”. Los guerreros ya se habían retirado al campamento exterior, dejando un silencio tenso, casi reverente, alrededor de las tres hijas de los dioses.
Selene dormía en un catre improvisado contra la pared, envuelta en mantas térmicas que