El oasis sagrado todavía brillaba con las brasas del ritual.
Las antorchas tintineaban como estrellas caídas, el agua reflejaba la luna en mil fragmentos, y la arena, iluminada de plata, guardaba las huellas del banquete, la danza y la cacería que había sellado el vínculo de la nueva trinidad alfa.
Los alfas del sur bebían en grandes copas de piedra, chocando los cuernos en celebración.
Los omegas servían comida, los guerreros reían a carcajadas, y los cachorros jugaban a imitar el aullido cere