30. Hermanos

Daniel tuvo que sostenerme o me caería, estaba tan emocionada de que estuviera allí que no podía controlarme. 

Me depositó de nuevo en el suelo.

— ¿Por qué no me dijiste que venías? — pregunté con una enorme sonrisa.

— Quería que fuera una sopresa—me dijo—¿Qué tal estás?

— Después de verte, mejor.

Dejé que entrara en casa. Viajó la mirada por todo el salón.

— ¿No es un poco pequeña la casa? — preguntó.

— Tiene un tamaño suficiente para dos mujeres como nosotras. ¿Qué
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