(Epílogo – Parte II)
Halvar había levantado Eldemar con la terquedad de quien sabe que cada piedra puede ser la diferencia entre un pueblo vivo y un nombre recordado solo por pastores. Cuando murió, el valle no perdió un jefe; perdió el único hombre capaz de convencer a tribus enemistadas de que compartieran un techo sin matarse. Y su ausencia no cayó como un trueno, sino como un silencio incómodo que se fue colando por las grietas de las casas, por la madera húmeda de los graneros, por la mesa