(Epílogo – Parte I)
Mucho antes de que alguien soñara con coronas o tratados, el valle que hoy se llama Dravena era un puñado de tribus desperdigadas entre montañas nevadas y bosques que no terminaban nunca. Aquellos pueblos no tenían estandartes; tenían heridas. Los inviernos eran tan largos que las estaciones parecían un engaño, y los hombres vivían más atentos al lobo que al vecino. Cada tribu llevaba consigo un nombre antiguo, casi siempre tomado del agua o de la piedra. Entre todas, la más