El camino a Velmarion le pesó a Kael más que cualquier batalla. Las murallas del imperio se alzaban ante él con una grandeza que parecía hecha para empequeñecer a todos los demás reinos. Torres de mármol blanco, cúpulas que atrapaban la luz del sol y estandartes carmesí ondeando con el emblema de la Casa Tervannos: el sol devorando al águila. A cada paso, Kael sentía la garganta más seca. No era un viaje cualquiera, era una apuesta contra la historia, y lo sabía.
En el salón imperial lo espera