El fragor de la guerra llevaba ya tres días devorando las murallas de Sarnavel. El humo de los incendios manchaba el cielo y el olor a hierro y carne chamuscada impregnaba cada calle del bastión.
El príncipe Deyran no había dormido más que breves instantes, siempre armado, siempre en movimiento. Desde lo alto de la muralla oriental, gritaba órdenes con la voz ronca por el cansancio.
—¡Alzad los escudos! ¡No dejéis que rompan la línea!
A su lado, los jóvenes soldados lo miraban con un respeto