Capítulo Ocho

•Miguel•

Sabía de su miedo a volar e hice todo lo posible por mantenerla distraída, pero en el momento en que el avión dio una sacudida y ella cayó sobre mi regazo, me arrepentí de haberla distraído.

Porque ahora sus brazos rodearon mi cuello mientras se acurrucaba contra mí, susurrando algo parecido a una oración.

Olía a canela y limón—cálida, hogareña, mía.

"Sabes, cariño, no tienes que esperar a que haya turbulencias para sentarte en mi regazo." murmuré, esperando que una broma le aliviara l
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