38- Adios Gerónimo.
—Amor, despierta.
Ale estaba como endrogada, abrió los ojos lentamente y ahí estaba él, el amor de su vida, Diego.
—Todos los días sueño contigo—le sonrió— te lo prometí y lo cumplí, lo cuidé, no le pasó nada, está bien.
—Alejandra no es un sueño, estoy aquí, ya regresé.
Ale se quedó mirándolo fijo por un rato, hasta que con un poco de trabajo levantó la mano y le tocó el rostro. Ahí fue dónde se dio cuenta que esta vez no estaba soñando, era él, de carne y hueso, había regresado. Se sentó en l