Los dos nos miramos con enojo. La rebeldía me invadió al soltarme de un tirón y abrir la boca para decirle que se fuera al carajo, que no iba a obedecer sus órdenes. Pero cuando me miró con los ojos entrecerrados, las palabras se secaron en mis labios.
Sin previo aviso, se abalanzó sobre mí, agarrándome los muslos para levantarme y me cargó sobre su hombro antes de volver furioso al dormitorio.
—¡Bájame!— grité mientras golpeaba mi puño contra su espalda.
—Como desées.—
—No me presiones, Jailba