Nuestras heridas físicas sanaron con el tiempo, las emocionales tardaron más y ambos sabíamos que quedarían cicatrices invisibles que nos recordarían lo que había sucedido.
Noche tras noche, y mientras las pesadillas nos atormentaban, nos quedábamos despiertos hablando hasta que salía el sol, abriéndonos el alma. Poco a poco, empezamos a sanar juntos. Poco a poco, su culpa empezó a disminuir.
Él tuvo que decírmelo; me desperté gritando una noche y recordé que él le había dicho a Hugo que la deu