Capítulo 105.

En uno de los costados del bosque el frio aterrador del exterior no gana a la tensión que está dentro de la cueva donde Arlo contiene el llanto abrazándose a sí mismo, abrazando sus piernas.

Los pasos del guerrero que lo había secuestrado se escuchan cada vez más y más cercanos.

Como golpes secos en medio de la oscuridad.

Su risa hace eco, burlándose de la desesperación y el miedo que huele en el pequeño cachorro.

Arlo frunce la nariz y cierra los ojos.

— Es tan divertido.— susurra el guerrer
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