34. LO QUE NUNCA DEBIÓ SER
LIAM
Hoy realmente necesitaba el entrenamiento.
El sudor se deslizó por mi espalda y mis músculos ardían como exigiéndome sensatez.
Quizás, si agotaba el cuerpo, podría dominar las ideas caóticas que me rondan.
—Hoy está motivado, Excelencia —comentó el comandante, satisfecho—. Eso obliga a todos a estar a su altura.
Hice un gesto seco en respuesta y luego un simple, "gran trabajo", a todo el grupo.
Si supiera que esta motivación nace de la confusión más absurda...
Un baño breve y ropa impecabl