Nunca había oído hablar de un lobo macho que se pusiera nervioso cuando la hembra con la que quería aparearse estaba cerca del celo, y parecía un desastre. Pero Amarillis y Enzo eran la única pareja que conocía de verdad.
Y no quería ni necesitaba ese recordatorio del infierno con el que había estado lidiando cada mes desde que conocí a Hunter.
Esta sería la decimocuarta vez que sufrí los múltiples días de agonía que acompañan el hecho de ser una mujer lobo cada mes.
Si lo hubiera pasado con un