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La sala de corte había recuperado algo de su compostura habitual cuando la jueza Martínez golpeó el mazo contra la superficie de madera, exigiendo el orden que apenas se mantenía por un hilo. Victoria permanecía en su asiento, con las manos entrelazadas sobre la mesa, consciente de que cada respiración, cada parpadeo, estaba siendo observado por docenas de ojos que esperaban su siguiente movimiento.

—Señor Santibáñez

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