137. CONTINUACIÓN
A pesar de mis denodados esfuerzos por mantener a flote ambas empresas, me sentía impotente. Nada de lo que hacía parecía dar resultados, mi mente nublada por la constante preocupación por mi esposa desaparecida. De repente, una voz familiar cortó el aire tenso de la oficina, como un faro en medio de la tormenta.
—Veo que te están comiendo vivo y tú te dejas —declaró mi tía Josefina, irrumpiendo en el despacho con la fuerza de un huracán. Tras ella, un grupo de mujeres de aspecto peculiar, cub