—Eres un infeliz, pero te vas a arrepentir — amenazó Sally.
—Si tú lo dices, querida esposa, ahora déjame solo, tengo cosas que hacer —dijo Jacob sonriente.
—Eres un hombre despreciable —ni el dinero puede cambiar tu naturaleza.
—No eres la más indicada para hablar de personas despreciables, Sally.
—Comparada contigo lo soy —sentenció Sally—. Eres un muerto de hambre, con ínfulas de millonario —pero nunca serás nada de lo que pretendes ser.
—Cariño, déjame trabajar —estoy perdiendo el tiempo co