Estaba sentado en la cama, la mirada perdida en la nada, pero mi mente ardía con pensamientos oscuros. Lo que sentía ahora era primitivo, un hambre salvaje que me exigía devorar todo a mi paso, hasta que el mundo entero se arrodillara ante mí. Antes, la suerte de los inocentes me importaba, pero ahora comprendía una verdad simple y brutal: en la guerra, los sacrificios son inevitables. La sed de sangre y poder me consumía, y no podía esperar a saciarme. Tiana... ella volvería a mi lado, y junto