Me lancé contra Ivar con furia, arrancando un pedazo de su carne. Un alarido desgarrador emergió de su garganta, pero no se quedó atrás. Con una ferocidad igual a la mía, Ivar contraatacó; sus garras y colmillos se clavaron en mi cuello, un dolor intenso recorrió mi cuerpo. Lo lancé lejos de mí, para después atacarlo.
Nos movíamos con rapidez; cada golpe y mordida eran aún más fuertes que el anterior. A pesar de la agonía que ambos sentíamos, no había lugar para la rendición. Sabía que esta bat