Inglaterra.
Las puertas del imponente castillo se abrieron con un estruendo que resonó en el frío aire. Caminé con firmeza hacia el interior, sintiendo la presión de miradas inquisitivas y llenas de desdén. Cada paso me acercaba más a mi objetivo, y el odio que sentía era una llama ardiente en mi pecho. Para lograr lo que deseaba, necesitaba la ayuda del único hombre cuyo odio igualaba, o incluso superaba, el mío.
— ¡Tú! — rugió Ivar al verme.
Durante años, lo había observado desde las sombras,