El palacio nunca dormía del todo.
Solo aprendía a susurrar.
Callie había empezado a reconocer su sonido: el sutil cambio en el aire cuando las conversaciones se apagaban demasiado rápido, la forma en que los sirvientes apartaban la mirada al entrar en un pasillo, la tensión bajo sonrisas que antes eran meramente educadas. Algo se movía bajo la superficie, serpenteando por los pasillos como un ser vivo.
Y ya no era invisible para él.
Llevaba consigo la atención de Darian como una marca grabada en su piel.
Mientras recorría el ala este esa mañana, con sábanas dobladas contra el pecho, los ecos la seguían: voces bajas, nombres murmurados, fragmentos de frases que casi alcanzaban su significado.
"...no se supone que siga aquí..."
"...la paciencia del Rey se agota..."
"...la hermana..."
Su respiración se entrecortó.
No se giró. Girar revelaría demasiado. En cambio, Callie aminoró el paso, dejando que sus sentidos se agudizaran, dejando que el dolor de la noche anterior anclara su concienci