Callie supo que había fracasado antes de que nadie dijera una palabra.
Fue el silencio lo que lo delató.
La tarea en sí había sido insignificante: pulir las espadas ceremoniales expuestas en la galería oeste, asegurándose de que cada una estuviera perfectamente alineada bajo las ventanas iluminadas por la luna. Lo había hecho docenas de veces antes. Esta noche, le temblaban las manos. Sus pensamientos vagaban. Una espada estaba ligeramente desalineada, con un ángulo apenas un dedo.
Suficiente.