La duda del Verdugo no fue visible como gesto.
Fue visible como retraso.
Una fracción de segundo en la que no avanzó, no absorbió, no ejecutó. Y esa fracción fue suficiente para que el mundo —que hasta entonces solo reaccionaba— comenzara a responder.
Noctara lo sintió en la empuñadura de su espada: la vibración dejó de ser rechazo absoluto. Ya no era como golpear una ley. Era como golpear una muralla.
—Ahora sí existes —escupió.
El Verdugo no tenía rostro, pero su cavidad frontal se contrajo c