Rhaziel no soltó la mano de Risa cuando las puertas del consejo se cerraron tras ellos.
No porque temiera perderla en el gentío, sino porque el mundo mismo parecía intentar separarlos. Cada paso dentro de la sala resonaba con un eco que no pertenecía al lugar, como si el suelo recordara algo que los presentes habían olvidado.
—Habla —dijo uno de los ancianos—. Todos lo sentimos. El pulso fue real.
Risa respiró hondo antes de hacerlo. No miró a los ancianos. Miró a Rhaziel.
—Si empiezo… no voy a