El brazo del Verdugo no cayó de inmediato.
Se sostuvo en el aire como una sentencia que aún no decide si pronunciarse.
La sala del consejo no respiraba. No era silencio: era suspensión. Incluso el polvo quedó detenido a medio descenso, como si el mundo esperara ver qué ley prevalecía —la que lo creó o la que acababa de nacer.
Rhaziel no retrocedió.
Ni un milímetro.
—Tendrás que atravesarme —dijo.
No fue valentía teatral. Fue matemática simple.
El Verdugo no respondió. Su brazo descendió… y se d