El amanecer se filtraba con suavidad por los vitrales del Castillo de las Sombras, tiñendo de tonos violáceos y dorados las piedras negras que parecían respirar con la niebla. En los aposentos reales, Risa abrió lentamente los ojos, sintiendo en su pecho el peso de un título que aún no comprendía del todo: ya no era la prometida del rey, sino su esposa, la futura reina de Umbraeth.
Por un instante, creyó haber soñado todo lo ocurrido la noche anterior: la ceremonia secreta, el juramento de unió