Phoenix estaba en su habitación, el ambiente envuelto en un silencio que parecía amplificar la tensión en su cuerpo. Sus dedos se deslizaron por la tela del vestido de lino negro, quitándoselo con movimientos calculados. El peso del día recaía sobre sus hombros, pero su mente estaba lejos de encontrar descanso. Soltó su cabello, que cayó suavemente sobre su espalda, antes de ponerse una fina camisola, casi etérea, que abrazaba su piel con un toque delicado.
Se acostó en la cama, cubriéndose con