CAPÍTULO 37: VOY A MATARLO
Mientras tanto, relativamente cerca del castillo, Evelia abría la puerta de su cabaña.
—Llegas tarde —se quejó.
—Lo lamento, mi señora —se disculpó el sirviente—. Tuve que esperar a que todos se fueran a sus camas; usted pidió que no fuera visto.
La loba torció los labios e hizo una seña para que el centinela entrara. El hombre era parte de la seguridad del castillo y estaba estúpidamente enamorado de ella. En otro momento, lo habría mandado al diablo, pero por ahora l