ASHER.
Las pesadas puertas de roble se cerraron de golpe detrás de mí, pero no pudieron bloquear el eco del decreto de los Alphas Supremos. Repiqueteaba dentro de mi cráneo como una canica en una lata de hojalata.
Activa. Deliberada. Despiadada.
Mis manos temblaban. Bajé la mirada hacia ellas, observando los temblores correr a través de mis dedos, y las cerré en puños hasta que mis nudillos se pusieron blancos. No era solo adrenalina; era una reacción visceral y primitiva ante una amenaza que d