CRYSTAL.
Esa noche, el sueño llegó sin advertencia.
No se anunció como sueño. No se deslizó con la marea del agotamiento. En cambio, se introdujo en mi cuerpo como lo hacía el calor: lento, inevitable e imposible de ignorar. Un momento estaba mirando el techo de la habitación de Asher y al siguiente, el mundo se había retorcido.
Me encontraba bajo farolas que derramaban oro sobre el asfalto mojado. La noche olía a lluvia, ozono y humo rancio de cigarrillos. Conocía ese lugar. Mi pecho se tensó,