Mundo de ficçãoIniciar sessão—¿Qué nombre le pondrás? —preguntó Belinda, mientras preparaba el certificado de defunción.
—Nathan —respondió Valerie, con una tenue sonrisa en los labios.
—Es un hermoso nombre. ¿Y su apellido? —Belinda dudó al continuar, reacia a pronunciar el apellido que todos conocían, el de su padre.
Valerie giró la cabeza hacia ella. —No. No permitiré que el apellido de esa gente manche el nombre de mi hijo.
—¿Entonces…?
—Forrester. Mi apellido —dijo Valerie con tono firme, sin lugar a réplica.
—Nathan Forrester —repitió Belinda en voz baja, y tras un instante añadió—: Es un nombre precioso.
Valerie curvó levemente los labios. —Nathan significa «regalo de Dios». Él fue el regalo más hermoso que recibí. Y quizás Dios sabía lo que hacía… quizás no quería que creciera tras los barrotes, ni que supiera quién es su verdadero padre. Tal vez… esto fue lo mejor para él.
Belinda guardó silencio. Valerie se recostó lentamente sobre la cama. Al día siguiente regresaría a su celda.
***
Caminaba con paso inseguro al volver a las celdas; la herida en su vientre aún estaba fresca y cada paso le causaba dolor. En un momento su visión se oscureció y tuvo que apoyarse contra la pared para no caer.
—¿Se encuentra bien, señora Val? —le preguntó el guardia que la acompañaba.
—Es solo debilidad por la anemia y los efectos de la anestesia. Estoy bien.
—Le ayudo a caminar.
—No hace falta, puedo sola.
Avanzó apoyándose en las paredes, paso a paso. El guardia, por su parte, se pasó la mano por los ojos disimuladamente, procurando que nadie notara que acababa de derramar una lágrima.
—Bienvenida de nuevo, señora Val —dijo otro guardia, entregándole su uniforme de prisionera y una vieja manta.
Valerie esbozó una tenue sonrisa. Tenía profundas ojeras, los labios pálidos, pero en su mirada brillaba una frialdad que antes no estaba.
—¡Señora Val! ¡Cuánto nos alegra que haya vuelto!
Sus compañeras de celda la recibieron con afecto. Ninguna mencionó lo ocurrido ni a su hijo. Solo le sonrieron, aunque muchas se apartaron después para llorar en silencio.
El sector, que solía ser ruidoso, permanecía en un respetuoso silencio, cuidando de mantener la calma por ella. Todas sentían su dolor.
Valerie se recostó en su colchón, que por una vez parecía algo más suave de lo habitual.
Extendió la mano y recorrió la pared amarilla junto a su cabecera, sintiendo cada una de las marcas que había tallado en ella. Ocho líneas, ocho meses que había compartido con Nathan.
Sacó entonces un papel doblado de entre su ropa: el certificado de defunción. La única prueba de que su hijo había existido. Lo posó sobre su pecho y se quedó mirando el techo.
La Valerie débil ya no existía. Ellos probarían lo que es el destino. Y ese destino… sería ella misma.
***
Dos años después.
—Que le vaya bien, señora Val. Y que no tenga que volver por aquí —dijo el guardia al abrirle la puerta de la prisión.
Valerie solo sonrió levemente. El sol la deslumbró cuando las grandes hojas se abrieron por completo.
—¡Valerie! —Belinda corrió a recibirla, radiante de alegría. Valerie había obtenido una reducción de condena por buena conducta.
Valerie caminó hacia ella. Su figura se había vuelto esbelta; llevaba el cabello desaliñado, profundas ojeras bajo los ojos y el rostro pálido. No llevaba consigo nada más que aquel certificado, la única posesión que le importaba en el mundo.
—Vamos, sube —le dijo Belinda.
Valerie asintió y subió al vehículo. Poco después, el automóvil se alejó por completo del recinto penitenciario.
***
A cierta distancia, en una calle apartada, un Rolls‑Royce negro permanecía estacionado sin llamar la atención de nadie.
Tras los cristales ahumados, un par de ojos observaban la figura de Valerie que cruzaba la puerta principal de la prisión.
—Ya ha salido, señor —dijo el asistente, rompiendo el silencio que reinaba en el interior.
Leander no respondió de inmediato. Siguió con la mirada el paso de Valerie hasta que entró en el automóvil de Belinda y este se perdió a lo lejos.
—Ya veo —dijo al fin.
—¿Eso es todo? —se atrevió a preguntar el asistente—. ¿Qué debemos hacer ahora?
—Nada.
El asistente lo miró sin comprender.
—¿No desea que la señorita Valerie sepa que fue usted quien, durante todo este tiempo, se aseguró de que estuviera a salvo dentro de la prisión?
Leander siguió mirando por la ventanilla. —Los errores de la familia Luthier deben ser pagados por la propia familia Luthier.
—Y respecto a…
La voz del asistente se interrumpió cuando se escuchó un pequeño sonido desde el asiento trasero.
—Papá.
Leander se giró.
Allí, un niño de unos dos años sostenía un cuaderno de dibujo y unos lápices de colores que le habían dejado manchas en las manos. El pequeño alzó su dibujo con orgullo.
—Papá, mira.
En el papel se veían dos figuras simples, con cabezas redondas y rasgos trazados con líneas sencillas.
—Somos tú y yo.
Una tenue y casi imperceptible sonrisa apareció en el rostro de Leander, una expresión que rara vez mostraba ante nadie más.
—Está muy bien hecho.
Leander acarició suavemente la cabeza del niño. —Mi hijo es muy inteligente.
El automóvil permaneció inmóvil unos instantes más.
Luego, arrancó lentamente y se alejó de la prisión, tomando la dirección opuesta a aquella en la que partía el vehículo que llevaba a Valerie.
***
—¿Estás segura de que quieres quedarte aquí?
Belinda abrió la puerta de un pequeño apartamento en el tercer piso. Valerie permanecía en el umbral, observando aquella estancia sencilla.
Durante toda la semana habían buscado alojamiento, y al final Valerie había elegido aquel lugar.
—No tienes por qué vivir aquí. Quédate conmigo. ¿Acaso mi casa no ha sido lo suficientemente cómoda para ti?
Valerie negó con la cabeza.
—Viviré aquí.
—Valerie…
—Ya te debo demasiado.
Belinda frunció el ceño. —¿Deberme?
Valerie bajó la mirada.
—Me visitaste durante años. Me llevaste comida, vitaminas, ropa. Incluso te ocupaste de mí cuando salí. No puedo seguir aceptándolo todo.
—¿Crees que hice todo eso porque te considero una extraña?
Valerie guardó silencio.
Belinda soltó un largo suspiro. —Val, eres como una hermana para mí. No hables como si yo llevara la cuenta de todo lo que te he dado. Si te ayudé, fue porque quise hacerlo.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Perdóname.
Belinda soltó una suave exclamación de resignación. —Siempre pidiéndome perdón.
Valerie esbozó una tenue sonrisa. —Aun así, me quedaré aquí.
Belinda la observó en silencio unos instantes. Al final, alzó ambas manos en señal de rendición. —Está bien. Como quieras.
Valerie asintió. —Gracias.
—Si te ocurre algo, llámame.
—Lo haré.
Belinda le dio una palmadita en el hombro y salió del apartamento.
En cuanto la puerta se cerró, el silencio lo invadió todo. Valerie se quedó allí, sola.
El lugar era pequeño, algo mal ventilado y contaba con una sola habitación. El mobiliario era humilde: una mesita, dos sillas, un armario antiguo y una cama que parecía a punto de desmoronarse.
Sin embargo, Valerie no se quejó.
Durante años había dormido sobre un jergón de prisión. Aquel lugar era infinitamente mejor.
Entró con su maleta y se sentó lentamente al borde de la cama.
Durante unos instantes, permaneció en absoluto silencio. No había guardias, ni vigilantes que la observaran. En teoría, era libre.
Sin embargo, de forma extraña, aquel silencio pesaba más que los muros de una cárcel.
Valerie abrió la maleta, donde guardaba unas pocas prendas sencillas que Belinda le había comprado.
Entre la ropa encontró un pequeño marco. Lo tomó con sumo cuidado: dentro, el certificado de defunción de su hijo, bellamente enmarcado.
Lo colocó sobre la mesita que estaba junto a la cama. Acarició suavemente el cristal, como si estuviera rozando el rostro de su pequeño.
—Nathan —susurró casi sin voz—. Espera un momento más. Mamá se asegurará de que puedas descansar en paz.
Apretó los puños. Ya no quedaban lágrimas. Solo quedaba un fuego helado que había ido alimentando durante años.
Valerie tomó su teléfono y abrió el buscador. Tecleó dos palabras:
Familia Luthier.
Los resultados aparecieron de inmediato.
El apellido aparecía por doquier: empresas, fortunas, herencias, escándalos.
Sin embargo, casi todas las noticias antiguas sobre lo ocurrido con Devano habían sido borradas u olvidadas. Cualquier mención a ella era casi imposible de hallar sin buscarla por su nombre completo.
En cambio, un nombre aparecía una y otra vez.
Leander Axel Luthier.
Valerie abrió uno de los artículos. El titular la hizo entrecerrar los ojos.
Leander Luthier reconoce oficialmente al heredero de la familia Luthier: un hijo, Ethan Luthier.
Valerie se quedó inmóvil.
Leander tenía un hijo.
Aquel hombre, que siempre había mantenido su vida personal en absoluto silencio, ahora, tras aquel reconocimiento, veía consolidada su posición como heredero principal de la estirpe.
Valerie siguió deslizando la pantalla.
—Ethan Luthier… un heredero —murmuró, con una nota de amargura en la voz.
Un niño pequeño, convertido en pieza clave de la familia más poderosa que ella había conocido.
Valerie se recostó contra la pared.
Desde que perdió a Nathan, hacía cinco años, solo había tenido un propósito en la vida:
La venganza.
Pero para destruir a la familia Luthier y a Devano, necesitaba algo más que rabia.
Necesitaba una puerta de entrada. Y acababa de encontrarla.
Una tenue sonrisa se dibujó lentamente en sus labios.
—Ethan Luthier —dijo, y su mirada se tornó gélida—. Tú serás la llave que me permitirá destruir a toda tu familia.







