Mundo ficciónIniciar sesión—¡Esto es absurdo!
La voz de Loretta rompió el silencio que reinaba en la sala de la residencia de los Luthier. Tenía las manos apretadas contra los costados.
Gregory simplemente apartó la mirada del periódico que leía, sin mostrar intención de responder.
—¡Leander acaba de presentar al niño ante los medios! ¡Lo ha declarado hijo suyo y heredero único del Grupo Luthier! —Loretta cruzó la sala a zancadas y se detuvo frente al sofá donde estaba Gregory—. ¿Cómo puedes quedarte callado? Devano es su sobrino directo, ha trabajado años enteros en la empresa y también tiene un hijo. ¡Él debería estar en ese lugar, no un niño desconocido!
Gregory dobló el periódico con calma. —¿Ya terminaste?
—¡Gregory!
—No creo que tenga por qué responder a tus gritos.
Loretta apretó los dientes. —Tú eres su padre. ¿Cómo puedes permitir que haga lo que quiera sin rendir cuentas?
En ese momento la puerta se abrió. Leander entró solo, impecablemente vestido con un traje oscuro. Se detuvo a unos pasos de ellos.
—¿Por qué está tan alterada, cuñada?
Loretta se giró bruscamente, con los ojos encendidos de furia. —Llegas justo a tiempo.
—¿Sucede algo? —Leander se ajustó tranquilamente los botones de la chaqueta.
—Ethan —intervino Gregory—. ¿Qué pretendes presentando públicamente a ese niño como tu hijo?
—Porque es mi hijo.
Loretta dio un paso hacia él. —¿Cómo es posible que tengas un hijo sin que nadie en esta casa se haya enterado? Jamás se te ha visto en compañía de mujer alguna.
—¿Desde cuándo debo rendirte cuentas de lo que hago en mi vida privada?
Loretta alzó la barbilla con altivez. —Esta familia lleva un nombre respetado. No podemos permitir que un niño de origen dudoso, un hijo ilegítimo, tome las riendas de la empresa.
Leander avanzó un paso hacia ella, lento, pero con tal firmeza que Loretta contuvo el aliento.
—¿Entonces debo entregarle el puesto a tu hijo?
—Devano es tu sobrino. Es el heredero legítimo y también tiene descendencia.
—¿Devano? —Leander soltó una risa seca y burlona—. Un hombre que prefirió a su amante y dejó que su esposa, estando embarazada, se pudriera tras las rejas.
El rostro de Loretta se tornó pálido. —Cuida tus palabras, Leander.
—¿Por qué? ¿Acaso no es la verdad?
En ese momento Devano entró apresuradamente y tomó del brazo a su madre. —Madre, basta.
Loretta intentó replicar, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, Leander dejó caer una carpeta negra sobre la mesa de cristal.
—Si necesitan pruebas para dejar de cuestionar los derechos de Ethan en esta casa, léanlas ustedes mismos.
Gregory la tomó primero y abrió la portada. Dentro había documentos médicos con sellos oficiales.
Gráficos de ADN. El nombre de Ethan Luthier aparecía claramente vinculado biológicamente a Leander.
Loretta arrebató los papeles de las manos de su esposo y los leyó una y otra vez, como esperando que las letras cambiaran por arte de magia.
—No puede ser.
—¿Por qué no?
—Ese niño… has falsificado estos documentos.
—Mira el membrete que aparece arriba.
La mirada de Loretta se posó en el logotipo impreso en la esquina: Centro Genético San Judas. Una institución independiente, intocable por poder o dinero alguno.
—No… no puede ser —repitió Loretta, negando con la cabeza, rehusándose a creerlo, aunque la evidencia estaba frente a sus ojos.
Un silencio absoluto cayó sobre la sala. Devano miró de reojo los documentos que su madre sostenía, apretando los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
Leander se metió las manos en los bolsillos y miró la carpeta que Loretta seguía estrujando entre sus manos temblorosas.
Durante años le habían exigido que presentara a un heredero. Ahora lo tenían. Ya no tenían derecho a cuestionar cómo había llegado ese niño a su vida.
—Ethan es mi hijo —dijo Leander con voz grave y gélida—. Lleva la sangre de los Luthier. Mientras yo esté al frente de esta familia, él será el heredero único.
Loretta se obligó a mantenerse erguida, aunque su cuerpo temblaba sin control. —No podrás protegerlo por siempre.
Leander ya se dirigía hacia la puerta. Se detuvo un instante en el umbral sin volver la vista.
—Quien se atreva a ponerle una sola mano encima a Ethan —su voz bajó un tono, recorriendo toda la sala—, será como si desafiara mi propia vida.
Nadie respondió. Gregory guardó silencio absoluto. Devano bajó la cabeza, vencido.
Leander tomó el pomo de la puerta.
—Adelante, inténtenlo… si se atreven.
***
—¡Vuelve pronto!
Valerie esbozó una tenue sonrisa mientras le entregaba una bolsa con comida caliente a un anciano vestido con ropa desgastada. El hombre asintió y se alejó del patio de aquella casa de acogida.
Llevaba casi dos meses siguiendo los pasos de Leander y de su hijo, visitando los lugares que solían frecuentar. Sin embargo, el hombre no había aparecido ni una sola vez ante ella.
Hacía ya una semana que Valerie acudía a aquel lugar, pero el resultado era siempre el mismo.
Nada.
Parecía que tendría que buscar en otro sitio.
—Tía… —una vocecita la sacó de sus pensamientos.
Valerie bajó la mirada y contuvo el aliento por un instante.
Allí, de pie frente a ella, había un niño de unos dos años, con una boina de lana y un grueso suéter. Tenía unos ojos grandes, redondos y de un tono castaño claro, que la miraban fijamente. Algo se le apretó en el pecho; algo que le resultaba extrañamente familiar, aunque no lograba ubicarlo.
Se agachó hasta quedar a su altura. Una sonrisa le brotó sola, la primera sonrisa sincera que había dibujado en su rostro desde hacía mucho tiempo.
—¿Qué hace la tía? —preguntó el niño.
—Reparto comida a quien lo necesita.
—¿Y a ti te dan algo a cambio?
Valerie soltó una risita. —No, no me dan nada.
Las manitas del niño se hundieron en el bolsillo de su suéter y le extendieron un caramelo envuelto en un brillante papel dorado.
—Para ti.
Los ojos de Valerie se iluminaron. Lo tomó como si recibiera el regalo más valioso del mundo. —¿Para mí?
—¡Sí!
—Muchas gracias, pequeño.
Valerie alzó la mano para acariciarle la cabeza, pero antes de que sus dedos lo tocaran, una voz profunda resonó tras ellos.
—¿Ethan?
El niño se giró de un salto y, agitando la manita, corrió hacia un hombre alto, vestido con un traje oscuro, que se mantenía de pie a poca distancia.
Valerie se quedó inmóvil. Se puso de pie lentamente y clavó la mirada en aquella figura.
Leander Luthier.
Leander tomó la manita de Ethan. Por un instante sus ojos se posaron en Valerie, sin asombro ni reconocimiento alguno. Su mirada era impasible, como si la viera por primera vez.
Acto seguido, se dio la vuelta y se llevó al niño hacia el interior del recinto.
Valerie permaneció clavada en el suelo, mirando cómo se alejaban.
Así que aquel niño tan adorable era Ethan Luthier. Los medios siempre difuminaban su rostro por motivos de seguridad. Y Leander… no la había reconocido en absoluto.
Era comprensible. Un hombre de la talla de Leander solo la había visto una vez, en un pasillo de prisión, cuando ella vestía el uniforme de reclusa y tenía el rostro demacrado. No había razón para recordar el rostro de una presidiaria.
Sin embargo, aquel niño parecía mucho más accesible que su sombra. Una tenue y fría sonrisa curvó sus labios.
Valerie observó el caramelo en su mano durante unos segundos. Era extraño: no era más que un caramelo barato, y sin embargo, le parecía el tesoro más preciado.
Soltó un suave suspiro.
Eso no importaba. Lo verdaderamente importante era quién era aquel niño.
Ethan Luthier. El hijo de Leander.
Valerie guardó el caramelo en su bolsillo.
—Mi boleto ha llegado —murmuró, con una sonrisa que se tornó gélida—. Ahora… comienza el juego.







