Enrique se sentó en su asiento de cuero negro y echó la cabeza hacia atrás. Se quedó mirando al techo durante lo que parecieron siglos. Su entorno era demasiado tranquilo. Le recordaba a su casa; aquella de la que se esforzaba por mantenerse bastante alejado.
Enrique suspiró y bajó la cabeza y los ojos. Sus ojos se posaron en la puerta. Enrique se preguntó si Isabella realmente se había ido o tal vez se había quedado para conservar su trabajo. Finalmente, se levantó y se dirigió hacia la puerta