El lunes por la mañana, Maya pago el transporte que se estaciono frente al centro comercial de Beverly Hills. Bajó del auto sintiendo el peso de la tarjeta dorada de Alexander Morgan en su bolso. No era un regalo; era un arma, y pensaba usarla. Caminó con paso decidido hacia la peluquería más exclusiva del complejo. El aroma a laca y productos caros la recibió de inmediato.
—Bienvenida —dijo el estilista, recorriendo con ojo crítico la melena de Maya—. Tienes un cabello negro natural precioso,