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Una diosa puede controlar vida y muerte de millones, pero no puede devolver el aliento a la única persona cuya muerte realmente importa.

La sangre se extendía por el mármol del salón del trono como una mancha carmesí que crecía inexorablemente. Adriana yacía en mis brazos, el pecho atravesado por una lanza de energía pura que había surgido del enfrentamiento entre Javier y Valdís. Sus ojos, esos ojos que habían desafiado al mismísimo Rey Maldito, se desvanecían lentamente mientras su respiración se convertía en jadeos entrecortados.

—No —susurré, presionando mis manos contra la herida que atravesaba su corazón—. No, no, no.

Valdís se materializó a mi lado con un movimiento que desgarró el aire. Su rostro, antes sereno en su divinidad, se contorsionó en una máscara de terror absoluto.

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