Mundo ficciónIniciar sesiónCuando tu hija asciende a deidad, cada abrazo previo se convierte en última caricia de mortal a dios.
La transformación no llegó con luces celestiales ni música angelical. Llegó como el amanecer: gradual, inevitable, y absolutamente irreversible. Valdís permanecía sentada en el centro de la cama imperial, pero ya no era la niña de cinco años que había estado allí momentos antes. Su cuerpo mantenía las mismas proporciones pequeñas, los mismos rizos dorados, pero algo fundamental había cambiado en la estructura misma de su ser.
Sus ojos ya no eran azules. Ahora brillaban con un negro profundo salpicado de estrellas plateadas, como si hubiera tragado fragmentos de cielo nocturno. Cuando parpadeaba, por un instante podía ver constelaciones enteras moviéndose en sus pupilas.
—¿Valdís? —mi voz salió como un susurro quebrado.<







