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Pedir ayuda a tu enemigo es invitarlo a destruirte desde dentro con tu propio consentimiento.

El dolor me atravesó como una daga de hielo, tan feroz que mis piernas cedieron y caí sobre las losas de mármol de mi habitación. La sangre se extendía bajo mi cuerpo en un charco carmesí que crecía con cada latido de mi corazón, y el mundo se difuminaba en los bordes mientras luchaba por mantener la consciencia.

—Adriana. &m

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