Mundo ficciónIniciar sesiónMorir es fácil; lo difícil es decidir si quieres que te salve el hombre que te ama, el que te desea, o el que está obsesionado contigo.
La sangre de Adriana no era roja. Era plateada con vetas negras, como tinta derramándose sobre nieve sucia, y se esparcía por el suelo de mármol del salón de guerra formando patrones que parecían runas antiguas. La daga de plata bendecida seguía clavada en su costado, justo debajo de las costillas, exactamente donde Helena la había guiado cuando tomó control de su cuerpo durante aquella batalla que ahora parecía haber ocurrido en otra vida.
Damián fue el pri







