Mundo ficciónIniciar sesiónTres hombres proponiéndote compartirte como si fueras territorio conquistable es menos ofensivo que el hecho de que tu cuerpo traidor considera la oferta.
La Luna Negra de Sangre ardía en el omóplato de Adriana como advertencia mientras sus pies descalzos atravesaban los pasillos del palacio. Eran las tres de la madrugada, y las voces masculinas que se filtraban desde el salón de guerra la habían despertado como una bofetada. No necesitaba el vínculo de sangre para saber que los tres estaban allí. El aire mismo se había vuelto denso, cargado con esa electricidad particular que solo surgía cuando el Rey, Damián y Javier ocupaban el mismo espacio.







