Mundo ficciónIniciar sesiónDesobedecer a un rey inmortal, traicionar a un príncipe celoso e ignorar a un hermano sobreprotector requiere levantarse muy temprano y tener muy poco que perder, dos cosas que Adriana había perfeccionado.
El amanecer aún no había pintado el cielo cuando Adriana se deslizó fuera de su habitación, vestida solo con una túnica negra que se confundía con las sombras que aún dominaban los pasillos del palacio. La daga de plata estaba escondida contra su muslo, su metal frío recordándole constantemente su presencia. Había memorizado el camino hacia la torre norte durante días de exploración fingida, cada paso calculado para evitar las rutas que los guardias patrullaban y las habitaciones donde sus tres vigilantes dormían con sueño ligero.<







