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El acero reforzado de la puerta del búnker había quedado atrás, pero la sensación de vulnerabilidad persistía como una segunda piel que Mariana no podía quitarse. Sus manos aún temblaban cuando Khaled la ayudó a sentarse en uno de los taburetes de la cocina del palacio, donde cuarenta guardias se movían con eficiencia militar, rastreando cada rincón, cada sombra, cada posibilidad.

—Estuvo aquí —sus

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Ana Maria Adlerpuede que en ese palacio estén más seguro pero con ese desquiciado siguiéndolos no creo
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