La luna se había desplazado completamente por el cielo nocturno cuando Mariana pasó la última página del diario. Sus ojos ardían, secos de tanto leer bajo la tenue luz de la lámpara de su habitación. Las palabras de Sumaya seguían danzando frente a ella, incluso cuando cerraba los párpados intentando procesar lo que acababa de descubrir.
El diario no era lo que esperaba. No era la confesión íntima de una esposa enamorada ni el registro melancólico de una vida en palacio. Era algo mucho más oscu