La noche se extendía como un manto de terciopelo negro sobre el palacio. Khaled permanecía inmóvil en el balcón de sus aposentos, con la mirada fija en el horizonte donde las estrellas parecían diamantes esparcidos sobre el desierto. El silencio era casi absoluto, interrumpido solo por el ocasional susurro del viento entre las palmeras. Pero para él, ese silencio resultaba ensordecedor, cargado de amenazas invisibles.
"El enemigo duerme bajo mi techo", pensó, apretando con fuerza la barandilla