El atardecer caía sobre el palacio, tiñendo las paredes de un dorado intenso que se filtraba a través de los ventanales. Khaled observaba desde su despacho cómo el sol se despedía lentamente, hundiéndose en el horizonte de Alzhar. Sus dedos tamborileaban sobre el escritorio de caoba mientras su mente divagaba, no en los documentos que tenía frente a él, sino en ella. En Mariana.
Habían pasado semanas desde aquel beso robado en el jardín, desde aquella confesión a medias que quedó suspendida en e