El silencio en la sala de consejo era tan denso que Khaled podía escuchar el suave tintineo de las joyas en las vestimentas tradicionales de sus asesores. Sentado a la cabeza de la larga mesa de mármol, observaba los rostros circunspectos de los hombres que lo rodeaban. Algunos evitaban su mirada, otros la sostenían con una mezcla de preocupación y algo que le irritaba profundamente: lástima.
—Su Alteza —comenzó Sheikh Ibrahim Al-Mansour, el más anciano de sus consejeros—, entendemos que este es