**CASPER**
El llanto diminuto y rasposo cortó la penumbra de la madrugada en la clínica privada del Como. No tuvo la violencia de una tormenta, sino el timbre firme de una orden de presencia. Me quedé helado al lado del lecho de partos, con la bata quirúrgica arrugada y las manos grandes temblándome por primera vez en treinta y cinco años de existencia.
El pediatra me miró con una sonrisa cansada, envolviendo al crío en una manta de felpa blanca antes de depositarlo directamente sobre el pecho