Las piernas de Indigo cedieron debajo de ella. Se derrumbó, jadeando, con el cuerpo demasiado débil para seguir moviéndose. Entonces lo sintió: manos que le agarraban los tobillos, frías y huesudas. Salían de debajo de ella, surgiendo del suelo invisible. Gritó, pateando con fuerza, pero las manos se mantuvieron firmes.
La sombra se cernió sobre ella, con los brazos levantados, lista para atacar.
Cerró los ojos con fuerza.
Un destello plateado.
El acero cantó en el aire.
Zane.
Irrumpió desde la